No recuerdo salida nocturna en que la ilusión de volver a
casa superara con creces la que me llevó a salir. La Fontana de Oro (Calle de la Victoria, 1, Madrid) lo ha conseguido
sobradamente. Si hubiera pasado 15 minutos dentro del antro no dedicaría un
post, pero estuve una hora y esa tortura artístico-musical-etílica lo merece.
No voy a criticar la horrible combinación de la escena a la que una persona
sobria puede dar crédito (paredes llenas de óleos dedicados a personalidades
políticas, farolas alternadas con columnas de orden corintio,
una moto chopper colgando del techo, un obispo sentado en su trono divisando la orgía,
perversión tras perversión, ni tampoco
censuraré el mal gusto musical porque entonces os tendría que hablar de El Doblón, del que recientemente escribí en otro post. La razón de postear este tugurio es para juzgar la calidad
del alcohol, tomando como muestra una copa de ron Brugal con cola. No parecen
utilizar garrafón propiamente sino que disuelven los alcoholes en agua. La camarera
(halagada se sentirá si llega a creérselo) sirve media copa en vaso grande de
ron negro. Mi sorpresa no puede ser mayor hasta que lo pruebo y compruebo que
tiene un toque dulzón pero sobre todo una dominancia acuosa, que resta azúcares
al ron de importación. Quiero creer que los únicos alcoholes buenos que sirven
son los tragos cortos, porque fui a pedir dos chupitos de tequila y la camarera
ya me advirtió de antemano, son 4 euros cada uno. Mejor déjalo estar. A esto
súmale las estridentes canciones del verano, y otras horrendérrimas y
superexplotadas como la famosa canción de la película Grease. Por si fuera
poco, tuve la mala fortuna de verme cercado por un horco femenino con más
alcohol que sangre en el cuerpo, haciendo equilibrios para mantenerse en pie y
reclamándome al tiempo, con una voz que quedó grabada en mi memoria como de
ultratumba, un trago de mi cerveza. No volví a fijarme en el obispo pero seguro
que debió divertirse a lo grande con la escena que le ofrecimos los presentes.
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Wednesday, 8 August 2012
Monday, 6 August 2012
El Sablazo de El Doblón
La primera fase en el casting para dj
en El Doblón (Madrid, Juan Bravo, 35) no la superé por falta de desparpajo sobre el micrófono.
Me pidieron unas cuantas frasecitas para animar el público y entre que soy
serio, soso y no llevaba nada preparado de casa, los jueces del casting
tuvieron muy claro a quién no escoger. Hace tres semanas volví a él, del
que debo reconocer el buen gusto el diseño exterior e interior, suelo de madera,
semejando un bajel grande de vela del siglo XVIII, con mástil, vela, timón, barriles,
apliques, mascarones de proa, y otros elementos distribuidos por la sala. Pero además hay que reconocer que la música de ambiente que ponen
no es para bailar sino para tumbarse en cubierta y disfrutar del viaje. Lástima
que el capitán además de poner música basura convierta la cabina en una cantina
con su destreza al manejo del micro, alabando las virtudes de las letrinas de
la embarcación, entre otras lisuras. En la cubierta de este buque se disputó un
duelo y debo decir que uno de los sablazos lo recibí yo: botellín de cerveza
Budweiser, 6 euros. Por la diferencia, 2 euros, te recomiendo que tomes una
copa. Si no quieres verte obligado a pagar entrada en fin de semana embárcate
antes de las dos de la madrugada, pero si ya te estás dejando asesorar por mí
toma mi consejo: si quieres llegar a buen puerto sin padecer migrañas no subas
a esta embarcación, no te arrepentirás. Tuesday, 10 August 2010
Estafas en las Peluquerías
Ya son más de ocho años los que llevo depositando mi cabeza en manos de peluquerías desde que abandonara el lecho hogareño, donde hasta entonces se ocupaban de marcar la pauta estilística a lucir. Y son más de ocho años los que llevo comprobando que las peluqueras están preparadas para tratar mi cabeza, al menos para hacer sus ensayos, para hacer sus prácticas de escuela de peluquería porque de saber no saben cómo dejarme la moral más alta de cómo llegué.
La famosa peluquería Marco Aldany que hay en Metro Palos de la Frontera (Madrid) es de la que peor concepto conservo. Y lo achaco a dos posibles motivos: o las condiciones laborales son pésimas, a juzgar por la de cambios constantes en su personal y la falta de profesionalidad de muchos de sus trabajadores; o se han equivocado con el rótulo con el que se anuncian y olvidaron anteponer la palabra Escuela de Peluquería. Las diferentes veces que he ido a Marco Aldany he tenido la suerte de que nunca me ha atendido la misma persona, lo digo porque una vez me cortaron la oreja con la tijera, otra me raparon la cabeza cuando quería que dispusieran mi cabello para poder hacerme pinchos y otra vez me mojaron la espalda y los calzoncillos lavándome la cabeza. Lo mejor de todo era que tenía que esperar unas dos horas para que me dieran mi castigo. Debo parecer masoca.
La publicidad tiene un magnetismo inexplicable. Es la única conclusión a la que puedo llegar después de ver cómo triunfan personas que a pesar de nadar en la incompetencia muestran una bonita estampa del trabajo que desempeñan.
Para que no penséis que es tirria lo que le tengo a Marco Aldany os hablaré de Stylos, otra de esas peluquerías franquiciadas que aplica la marca para enaltecer los defectos de mi cabeza. Me refiero a unos remolinos que desconocía de su existencia hasta que hace unos meses me lo comunicó una “stylista”. Ninguna otra peluquería me los había detectado hasta entonces.
Después de las experiencias vividas y del hallazgo de un estilista chino, he dejado de frecuentar mis pelus favoritas y pasarme al corte de mano asiática. Entre mi nuevo peluquero y yo hay diferencias lingüísticas. Él dice a todo que sí y luego actúa de acuerdo a su orden. Cuando le hablo en indio entiende algo más, pero pese a todo hay cosas que son insalvables, como cuando pasa una esponja áspera con la que aparte de irritarme el cuello intenta quitarme algún pelo sobrante. La próxima vez que vaya a cortarme el pelo llevaré conmigo una brocha porque hay cosas que entre él y yo son insalvables. Merece la pena porque no hago colas, ni tengo que entender cotilleos, y vale dos euros menos que cualquier de mis anteriores peluquerías.
La famosa peluquería Marco Aldany que hay en Metro Palos de la Frontera (Madrid) es de la que peor concepto conservo. Y lo achaco a dos posibles motivos: o las condiciones laborales son pésimas, a juzgar por la de cambios constantes en su personal y la falta de profesionalidad de muchos de sus trabajadores; o se han equivocado con el rótulo con el que se anuncian y olvidaron anteponer la palabra Escuela de Peluquería. Las diferentes veces que he ido a Marco Aldany he tenido la suerte de que nunca me ha atendido la misma persona, lo digo porque una vez me cortaron la oreja con la tijera, otra me raparon la cabeza cuando quería que dispusieran mi cabello para poder hacerme pinchos y otra vez me mojaron la espalda y los calzoncillos lavándome la cabeza. Lo mejor de todo era que tenía que esperar unas dos horas para que me dieran mi castigo. Debo parecer masoca.
La publicidad tiene un magnetismo inexplicable. Es la única conclusión a la que puedo llegar después de ver cómo triunfan personas que a pesar de nadar en la incompetencia muestran una bonita estampa del trabajo que desempeñan.
Para que no penséis que es tirria lo que le tengo a Marco Aldany os hablaré de Stylos, otra de esas peluquerías franquiciadas que aplica la marca para enaltecer los defectos de mi cabeza. Me refiero a unos remolinos que desconocía de su existencia hasta que hace unos meses me lo comunicó una “stylista”. Ninguna otra peluquería me los había detectado hasta entonces.
Después de las experiencias vividas y del hallazgo de un estilista chino, he dejado de frecuentar mis pelus favoritas y pasarme al corte de mano asiática. Entre mi nuevo peluquero y yo hay diferencias lingüísticas. Él dice a todo que sí y luego actúa de acuerdo a su orden. Cuando le hablo en indio entiende algo más, pero pese a todo hay cosas que son insalvables, como cuando pasa una esponja áspera con la que aparte de irritarme el cuello intenta quitarme algún pelo sobrante. La próxima vez que vaya a cortarme el pelo llevaré conmigo una brocha porque hay cosas que entre él y yo son insalvables. Merece la pena porque no hago colas, ni tengo que entender cotilleos, y vale dos euros menos que cualquier de mis anteriores peluquerías.
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